La belleza de pertenecer
Hay lugares que nunca dejamos atrás, porque viven dentro de nosotros.

Nacida en Tacuarembó, hija de Villa Ansina, Uruguay.
Crecí entre el campo, los ríos y las tradiciones. Aprendí a observar, a valorar lo sencillo y a respetar los ritmos de la naturaleza.
Hoy reconozco esos años como una dádiva.
Porque nuestras raíces no son solamente el lugar de donde venimos. Son parte de quienes somos.

Siento el sabor amargo de la yerba mate y el calor entre mis manos.
Cierro los ojos y vuelvo al campo, al cambio de las estaciones, a los tiempos de la tierra.
Mi padre me enseñó a observar la naturaleza y a descubrir la majestuosidad con la que obra en cada ser. Tan sencilla a nuestros ojos, tan compleja en su esencia y tan sublime en su armonía.
De mi madre aprendí a cuidarme y a respetarme, como mujer y como ser humano. Recuerdo cómo, al caer la tarde, se arreglaba con esmero, incluso en la sencillez de la vida en el campo. En ella descubrí que sentirse bonita también es una forma de quererse.
Con los años comprendí que hay enseñanzas que nos acompañan, sin importar dónde estemos: la forma de mirar el mundo, de apreciar lo sencillo, de cuidarnos y de cuidar lo que nos rodea.
Hoy, lejos de aquellos paisajes, sigo encontrando en esos pequeños gestos una parte de mi hogar.
Porque pertenecer no siempre significa estar en un lugar. A veces significa llevarlo dentro.
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